Capítulo 3 – La Conexión

Hoy he aprendido con ellos que hay que esperar siempre lo bueno, que todo llega y a su tiempo. En esta tercera parte de “El Viaje Por Mi Maternidad”, hablaré de como fue mi primer año como madre primeriza.

El especial encuentro con todo el Mundo de la Crianza con Apego que hizo cambiar mi manera de pensar y vivir completamente. Había encontrado lo que estaba buscando hacía tiempo: Respeto mútuo, amor incondicional y libertad.

Creo que es la fase más importante de mi maternidad, la que me hizo entender mis inquietudes, mis necesidades, aunque también me ha traído más dolores de cabeza. La intolerancia de la sociedad hace daño… de ahí la necesidad de tener una tribu para crear a tu hijo. Una tribu con la misma ideología que la tuya.

Empiezo.

 

Al fin estábamos en casa. Era la primera vez que pasábamos por la puerta siendo una familia. ¡Sonaba y se sentía muy bien! Pero… ¿Y ahora qué?

Presentamos la casa a Adrià, le íbamos hablando de lo esperado y deseado que había sido. Íbamos de habitación en habitación hablándole de nuestra vida diaria, y él estaba en mis brazos, tranquilo, escuchando… Era como si entendiera cada palabra que le decíamos.

Tenía los pechos muy hinchados, doloridos y la lactancia no estaba instaurada de manera correcta. Le estaba dando una “ayuda” porque “se quedaba con hambre”, según los opinólogos de turno… Yo, otra vez por falta de información y miedo de que mi hijo realmente estuviera hambriento, hice caso omiso a mi instinto y acepté el “consejo”.

Sin embargo, no lograba que mis pechos me dejasen de doler tanto, lo que hizo que la frustración empezara a apoderarse de mí. Adrià lloraba a gritos porque no se enganchaba bien al pecho, y yo lloraba de desesperación por no poder controlar aquella situación. ¡Me estaba volviendo loca!

Empecé a rechazar a Adrià cada vez que se ponía de esa manera, no podía dormir, no podía comer y comencé a entrar en un bucle muy peligroso. Tuve depresión posparto.

Ya no conectaba con mi hijo… Le miraba y lloraba sin parar. Mi entorno, seguramente quería ayudarnos, pero sus consejos me hacían mucho daño… No quería aceptar la idea de no poder dar el pecho a mi hijo y de que se pasara más tiempo en brazos de otros, que en los míos.

Papá y yo decidimos que era hora de pedir ayuda profesional. Contratamos una Doula y entonces todo cambió. Mónica Lucena fue quien me empoderó y me enseñó a fiarme 100% de mi instinto maternal.

Venía unas horas a casa y se quedaba mirándonos. Teníamos conversaciones muy interesantes, pero cuando Adrià quería mamar, ella me hacía parar de hablar porque nos dimos cuenta que a él no le gustaba mamar mientras escuchaba a su madre hablar con otra persona. Era nuestro momento y él quería decirme con su llantos e irritabilidad, que quería estar a solas conmigo, que me necesitaba entera para él en aquel momento. Volvimos a conectar poco a poco.

La lactancia no iba como yo había deseado, no entendía las señales que me daba Adrià de que quería la teta. Entonces, Mónica me sugirió que empezara a portear a mi hijo. ¿¿¿Portear??? No tenía ni idea de lo que me estaba hablando. No conocía esa palabra y, de nuevo, volví a pensar que era la peor madre del mundo por no haberme interesado antes del mundo de la maternidad. Prepotencia de una persona que pensaba que sabría lo que haría cuando mi hijo estuviera con nosotros, por haber cuidado de un par de niños cuando vivía en Londres.

 

Vino un domingo con sus dos hijos y sus súper bolsas con todos los tipos de portabebés ergonómicos que existían. Estaba abrumada con tanta variedad, y feliz por llevar a mi hijo cerquita mío durante horas y horas de nuestro día. Me hice con una bandolera, una Boba 4G y un fular elástico. El flechazo que tuve cuando me anudé mi primer fular me llevó a iniciar un viaje en el mundo del porteo que sigue en la actualidad. Me daría para un libro seguro…

 

Iba a todos lados con él. La lactancia había mejorado, aunque seguíamos con la mixta. La conexión entre mi “princeso” y yo era fantástica y disfrutábamos mucho de nuestros días juntos.

Éramos muy felices y mi niño crecía muy rápido, pronto cumpliría su primer año. Adrià era un bebé especial: Paciente, sensible, cariñoso… Como siempre he dicho, tenía un mini “Buddah” en casa.

Juan y yo decidimos que iríamos a buscar otro bebé -aunque para muchos eso podría parecer una locura- estábamos convencidos de que no queríamos que nuestros hijos se llevasen muchos años.

Y a los 10 meses de Adrià me quedé embarazada de mi niña, Paula, que llegaría pronto para hacernos todavía más felices.

Fin del Capítulo 3.